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En relación con el costo económico de la decisión de fumar,
existen pruebas de que los fumadores imponen un costo, tanto
directo como indirecto, a las demás personas. En general
los economistas admiten que las personas sopesan adecuadamente
los costos y beneficios de sus decisiones solamente cuando
son ellas mismas las que asumen esos costos y reciben directamente
algún beneficio. En este caso, la industria tabacalera es
el único sector que obtiene beneficios con la adicción.
Si los demás asumen una parte del costo, la consecuencia
será que los fumadores podrán fumar más de lo que lo harían
si ellos absorbieran solos la totalidad de los gastos.
Los
costos para los fumadores son, evidentemente, el daño para
su salud, las molestias y la irritación asociadas a la exposición
al humo del tabaco ambiental. Además, con frecuencia hay
costos económicos, difíciles de identificar y cuantificar,
pero que sin embargo existen. Por citar algunos ejemplos,
los costos de atención a la salud de los fumadores, el pago
de pensiones y de periodos de incapacidad provocados por
enfermedades causadas por el tabaquismo representan un alto
costo, cuyo pago la sociedad asume a través de sus contribuciones.
De
acuerdo con datos de la Organización Panamericana de la
Salud, los países de alto ingreso destinan entre 6 y 15
por ciento de sus gastos médicos anuales a la atención de
enfermedades relacionadas con el tabaquismo.
Independientemente
del deterioro en la calidad de vida de la población que
genera el consumo de tabaco, el costo económico que demanda
la atención de las enfermedades provocadas por esta adicción
distrae recursos económicos del sector salud que bien podrían
destinarse al tratamiento de otras enfermedades, especialmente
a aquellas que no son prevenibles.
A
través de sus impuestos, en todos los países del mundo,
los no fumadores aportan un porcentaje importante de los
costos de salud de la población fumadora. Sin embargo –quizá
en tono algo irónico- algunos analistas argumentan que,
puesto que los fumadores tienden a morir antes que los no
fumadores, sus costos globales de atención a la salud pueden
no ser mayores y, probablemente, sean menores que los de
las personas no fumadoras. No obstante, algunos análisis
recientes indican que los costos globales de los fumadores
son, a pesar de todo, superiores a los de los no fumadores,
por más que la duración de su vida sea menor.
En
conclusión, es cierto que fumar es una decisión personal,
sin embargo es importante que los fumadores tomen consciencia
de que su decisión afecta tanto la salud de personas que
han decidido no fumar, como la economía de su país debido
a los costos que las consecuencia de esta decisión representan
para los servicios de salud de su país.
En
México, las estrategias de prevención y control del tabaquismo
son de carácter integral, puesto que contemplan acciones
de prevención y protección tanto de los fumadores como de
los fumadores involuntarios, así como el control de la publicidad
y el incremento de impuestos al tabaco.
Al
elevar la tasa impositiva de los cigarros no sólo se reduce
la demanda de este producto entre la población -lo cual
es fundamental-, sino que también se obtienen mayores recursos
fiscales que permitan resarcir, aunque sea parcialmente,
los gastos que el Estado se ve obligado a cubrir como consecuencia
del tratamiento de enfermedades relacionadas con el tabaquismo.
Cabe recordar que el tabaco no es un bien de consumo, sino
un mal de consumo que, por tanto, no debe ser subsidiado
por el gobierno a través de una baja tasa impositiva.
Respecto
a la protección de los fumadores involuntarios, se han realizado
convenios, como el suscrito con aerolíneas nacionales, para
lograr que sus vuelos sean libres del humo de tabaco.
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